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Vidas transformadas

Silvia Roan, un nuevo tipo de belleza

Su nombre evocaba sueños eróticos. La perseguían los galanes. Belleza, talento, fama, un futuro prometedor: parecía tener todo para ser feliz

 

Por Elisabeth de Isáis (1925-2012)

“Romántica y emotiva es Silvia Roan”, exaltó el encabezado de un largo artículo del diario El Mañana de Nuevo Laredo, Tamaulipas, aquel 13 de agosto. “Les recomendamos su actuación”.

Aparecía en escenarios por muchas partes del mundo. Se retrataba al lado de Julio Alemán y otros personajes famosos de la televisión y la farándula.

Su nombre evocaba sueños eróticos. A pesar de su carácter agresivo, la perseguían los galanes. Belleza, talento, fama, un futuro prometedor: parecía tener todo para ser feliz. Podía cantar en cinco distintos idiomas: español, inglés, japonés, portugués, hebreo. Un gran éxito.

Pero era una vana ilusión.

Silvia nació en la gran capital mexicana, aunque su padre venía de Guadalajara y su mamá de Michoacán. Era la mayor de once hermanos y una media hermana. Se casó tres veces, y finalmente se quedó sola; sus dos hijos del segundo matrimonio ya son adultos casados y con sus propios retoños.

El primer casamiento de Silvia ocurrió a los catorce años de edad, siendo apenas una alumna de la escuela secundaria, cuando huyó con su novio gracias a un “favor” pedido a Satanás. La pareja solo duró un año. En el curso de su tumultuosa vida, Silvia provocó cuatro abortos y vivió con varios hombres sin el beneficio de la ley.

En lo religioso, durante muchos años siguió a los Testigos de Jehová por la influencia de su abuelita, y también probó cosas esotéricas. Una mezcla de todo.

Aunque de niña había cantado en los festivales de la escuela, su carrera como cantante empezó en 1965 cuando sus dos hijos eran pequeños. Como resultado los dejó en “un tremendo abandono”, reconoce ahora. De hecho, hasta la fecha le dicen mamá a su abuelita materna al igual que a ella. Silvia se iba de viaje por largos períodos, incluyendo un año en Acapulco, seis meses en Puerto Vallarta, dos meses en Singapur, seis meses en Japón… y así por el estilo.

Con el paso de los años Silvia conoció todo tipo de experiencias desagradables: accidentes, asaltos, violaciones, golpes. Sufrió tanto por su tormentoso tercer matrimonio que se quería morir, y trataba de ahogar sus penas con la botella. El medio artístico estaba lleno de lascivia, pleitos, inconciencia y ella exhibía todas las cualidades de vanidad, prepotencia y soberbia. En medio de su rebeldía empezó a desesperarse por hallar el significado real de la vida.

Desde pequeña había tenido sueños acerca de Jesús, considerado por los Testigos de Jehová como profeta o arcángel pero no como Dios. En algún momento Silvia vio películas acerca de Jesús y sintió enamorarse de Él, que Él venía a recogerla. Lloraba por lo que Él tuvo que sufrir en la cruz.

Pero Satanás era muy real. Una noche parecía que él se acercó a los pies de su cama y le preguntó: “¿Por qué me quieres abandonar?” A Silvia le entró un temor espantoso y paralizante. El demonio procuraba llenarla totalmente, pero ella luchó por defenderse. Al fin el enemigo se fue cuando ella pronunció el nombre de Jehová.

Sentía una necesidad muy grande de Jesús y una vez después al decir su nombre, empezó a darse cuenta de su presencia. Lloró y lloró diciendo: “Jesucristo, te amo”, sin mayor conocimiento de Él.

Eventualmente el que le habló de Jesucristo era Paco Barrón, compañero del medio artístico. Y un día en 1989 estando Silvia en Morelia, una ama de casa de nombre Georgina Galeozzi la invitó a su hogar después de una actuación en un hotel y le compartió acerca de la fe.

Allí se convirtió en una nueva criatura en Cristo Jesús: “una cosa maravillosa”.

Después vino el discipulado en la Iglesia Maranatha de Ecatepec, Estado de México.

Fue un gran cambio para Silvia; hasta transformó su manera de caminar.

El Señor tuvo que romper con muchas cosas en su vida, humillándola al grado de llegar a vender pastelería y chocolatería de lugar en lugar. Después de un año, por razones económicas regresó a su carrera de cantante,”contra mi voluntad”, dice, pero usó la experiencia para hablar a sus compañeros acerca de Cristo y varios buscaron a Dios y se separaron del medio. Aun cuando viajaba, Silvia nunca dejó de congregarse con otros creyentes en alguna Iglesia.

Entonces se enfermó gravemente. Durante siete meses padeció de hemorragias hasta perder la mitad de su sangre, y sufrió de taquicardia. Una noche en un bar (donde percibía a los demonios) empezó a caminar de un lado al otro como bestia enjaulada, pidiendo: “Señor, enséñame a confiar en ti, envíame ángeles para sacarme de este ambiente”.

Pidió perdón a Dios por todos sus errores y pecados. En el Castillo del Rey, en Monterrey, su entrega al Señor se completó y ya ella pudo romper el contrato del trabajo secular.

Desde esa experiencia dejó para siempre de servir en la farándula. Otros siete miembros de su familia ya andan con Jesucristo, al lado de Silvia. Ha tenido pruebas y también respuestas maravillosas a sus oraciones, especialmente en cuanto a su salud y la de sus hijos y nietos. “Estoy con una paz muy grande”, dice, “a pesar de las luchas económicas. Jesucristo me dirige y me guía; me ha rescatado y me ama. He pedido perdón a todos y me siento bien”.

Silvia Roan, cuyo nombre verdadero es Silvia Cárdenas Pimentel, se dedica ahora a cantar en distintas Iglesias cristianas y a dar testimonio de sus experiencias con los Testigos de Jehová, a quienes ama. “No saben que su Biblia está cambiada”, dice. Ella ha escrito diez himnos de alabanza, mayormente con estilo de balada, y ya ha sacado un disco titulado “Al que es digno” con ocho cantos cristianos además de un mensaje hablado.

Sigue siendo una mujer bella, pero ahora dirige los pensamientos de sus auditorios hacia Dios y la pureza del Evangelio de Jesucristo. Se ha transformado.

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